Cuando dentro de un tiempo eche la vista atrás y compruebe que todo empezó hablando de True Blood, me echaré a reír o me echaré a llorar, no habrá término medio. El caso es que por algo habrá que empezar a hablar y es lo que ahora mismo tengo más reciente: la cuarta temporada de True Blood.
Empecé a ver esta serie a ritmo americano hace tres veranos. Aún no había el bombardeo este con los Crepúsculos ni The Vampires Diaries. A eso se le añade que quitando la primera temporada que comenzó a emitirse en septiembre, las demás se emiten en verano, cuando la mayoría de series que sigo han acabado sus temporadas o están pendientes de comenzar, con lo cuál, un motivo más para hacerle un hueco. El problema es que es una serie de tantas que tienen un comienzo interesante y la primera temporada funciona en mayor o menor medida, pero luego empiezan a desvariar y uno se ve en el dilema de seguir viéndola por curiosidad o mandarla a freír espárragos.