No me gustaría estar en el pellejo de los
miembros de la Academia con derecho a voto a la hora de decidir su actor
favorito de este año. El quinteto es de los más equilibrados y que más
nivel presenta de las últimas ediciones. Encima ni siquiera pueden
buscarse justificaciones vagas para decantarse por uno u otro. Podrían
decidirse por premiar a uno de los mejores actores de su generación que se
reinventa físicamente en cada película; o podrían optar por un veterano a
quien el paso del tiempo no ha mermado su capacidad interpretativa; o
pueden hacer justicia de una vez con uno de los mejores actores jóvenes
sin Óscar; incluso pueden optar por premiar una gran actuación de un
actor de culto en la película favorita de la noche; y no digamos ya si
se inclinan, como parece a día de hoy, por una resurrección actoral
espectacular que está dejando a todo el mundo gratamente sorprendido. Si
algo sobra este año son grandes protagonistas que reconocer. Que se lo
digan a Tom Hanks (Capitán Phillips), Robert Redford (Cuando todo está perdido), o incluso a Oscar Isaac (A propósito de Llewyn Davis), que podrían haber entrado perfectamente sustituyendo a alguno de los
finalistas a juzgar por su presencia en otros premios de la temporada.